martes, febrero 08, 2011

¿Qué tiene Blancarena?


Pre inauguración del Memorial de los Fundadores de Blancarena
17 Enero 2011

¿Qué tiene Blancarena que encanta a generaciones?
Yo estoy seguro de mi respuesta.
Es la suma de recuerdos felices. Todos los momentos vividos desde niño con mis abuelos, mis padres, mis tíos. Con mis hermanos, mis primos y amigos.
Y ahora como padre, con mi mujer y mis hijos y con los amigos de mis hijos.
Algunos de esos recuerdos van a estar reflejados en el memorial que se va a levantar en este lugar. Aquí aprendí a ubicar en el cielo la Cruz del Sur brillando entre los eucaliptus. Aquí aprendí a reconocer las huellas de las gaviotas y los chorlitos en la arena, a distinguir los cantos de los pájaros. También aquí ví mis primeros bagres, patíes y dorados enredados en el trasmayo.
La Cruz del Sur, los animales autóctonos, la arena blanca, son los elementos que se han elegido para recordar a los Fundadores de Blancarena.
También está la niveladora con la que se abrieron las calles para permitir a todos el acceso a esta agua, a esta arena.
Porque esta realidad y estos recuerdos fueron posibles gracias a muchas personas que en su momento hicieron cosas. Para los demás, para sus hijos y nietos.
Hoy estamos empezando a levantar este Memorial. Cuando en muchos años los niños pregunten qué significa, alguien les contará la historia de unas personas que soñaron Blancarena, de otras personas que fueron plantando árboles y flores, sembrando césped, levantando casas, y también otras que enseñaron a pescar, a construir castillos de arena, a reconocer el canto de las torcazas.
Todos los días, cada uno de nosotros está construyendo esos recuerdos felices que nos van atando cada vez más a Blancarena.
Este Memorial será un recordatorio de Don Mario Roland, de mi abuelo Eduardo Rodríguez Bidart, de Doña Elisa de Maurín, que empezaron el balneario, y también un recordatorio de que hoy y todos los días será cada uno de nosotros quienes haremos Blancarena para nuestros hijos y nietos.

Alejandro Rodríguez Juele (leído en la pre inauguración del Memorial a los Fundadores, conmemorando los 60 años de la creación del balneario Blancarena)

jueves, julio 08, 2010

Lo que significa perder


En el fútbol, ese juego en el que cada elemento representa otra cosa, nada de lo que sucede es de despreciar. Cada incidencia se multiplica en infinidad de significados que recorren el planeta entero en segundos. No son los hechos concretos los que movilizan hasta las lágrimas a millones de personas. No es la transformación de energía potencial en energía cinética que modifica la trayectoria de un objeto aproximadamente esférico apartándolo de la parábola perfecta a la que lo condena la gravedad terrestre. Es el hecho que la pelota baje a tiempo para colarse entre el travesaño y el guante lo que nos emociona y no por su rareza dinámica sino por que pone de manifiesto el auto dominio del ejecutante, su capacidad de realizar el gesto exacto a pesar de la presión emocional que las circunstancias le aplican.
No se debe despreciar el impacto del fútbol en la realidad porque se trate de un acontecimiento artificial, fruto de una convención y un evento comercial orientado al lucro de los auspiciantes. No por consistir los partidos en un breve lapso durante el cual una veintena de hombres en la flor de la edad intentan realizar un difícil acto de acrobacia a la vez que impedírselo a los contrarios, o quizás por esa misma arbitrariedad, significan tanto para tanta gente.
Un partido de fútbol son veintidós signos corriendo tras de un signo, intentando introducirlo en uno de los dos signos que rematan un signo rectangular, a su vez rodeado por un gran signo donde decenas de miles de personas se agitan transformándose en signos. La propia inutilidad de todo este despliegue es la que favorece su potencial significativo.
Lo único que hay para ver en un partido de fútbol es el abanico de reacciones humanas ante cada situación del juego. No importa si la pelota picó adentro o afuera, ésa es una discusión muerta antes de nacer. Lo que realmente importa es cómo reacciona el equipo vulnerado para revertir la desventaja y qué hacen los otros para aumentarla. Allí está lo patético del fútbol.
Por eso me resultó mucho más emotiva la renuncia al festejo del Mono Pereira tras el segundo gol uruguayo ante Holanda que la habilidad con que enganchó hacia adentro buscando el hueco para colocar el tiro cruzado. Pereira no consideró que hacer ese gol tuviera ningún valor en sí mismo, si no fuera como un necesario escalón para alcanzar un imposible empate.
La urgencia de la maniobra, el gesto contenido del Mono, la pelota rápidamente recuperada del fondo de la red por los propios celestes. Esas actitudes fueron las que me decidieron a ponerme la campera el martes 6 a las 5 y pico de la tarde y salir a festejar.
Me pregunté más tarde cuál era el sentido de festejar una derrota. ¿Por qué la alegría podía más que la desilusión? Primera tentativa de respuesta: porque era una derrota previsible. Segunda, por la ubicación de Uruguay entre los cuatro mejores del torneo. Tercera respuesta, para que los jugadores, desde sudáfrica, se enteraran del apoyo que les daban - aún perdiendo - sus compatriotas.
Esas y otras son respuestas verdaderas. Pero viendo a los jóvenes montevideanos saltar y cantar mientras la pantalla gigante se vaciaba de camisetas celestes, creí reconocer un ingrediente nuevo. Un significado nunca antes trasmitido por la selección. Habíamos aprendido a perder.
¿No será que el hecho de perder - estadísticamente mucho más frecuente que el de ganar - es la verdadera enseñanza que queda del fútbol? ¿Estuvimos tan sumergidos en un mar de derrota que perdimos la capacidad de entender lo que significa perder?
Ahora que por fin sacamos la cabeza fuera del agua y durante 7 partidos no fuimos vencidos, ¿podremos vivir la derrota de otra manera? Ya no como un sino fatídico al que nos condenan fuerzas más poderosas que nosotros, sean éstas nuestra pequeñez, la envidia ajena o la conspiración de los jueces con la televisión. Sí como un aspecto necesario para la competencia deportiva, sí como un ingrediente esencial de la vida. ¿Podremos vivir la derrota como el combustible con el que se llega a la victoria?
Creo que en estos mágicos días del Mundial 2010, los uruguayos volvimos a aprender algunas cosas que habíamos olvidado. Alegría, confianza, tolerancia, autoestima. Que a ganar se acostumbra cualquiera, pero que pocos saben perder.
Creo que estamos un poco más cerca de entender el verdadero significado del fútbol. Que es como decir el significado de la vida.

martes, junio 03, 2008

Una empresa joven.

Esta es una empresa joven. -fue lo primero que me dijo el dueño de la agencia- El promedio de edad es de 24 años. ¡Y eso que yo lo levanto bastante! -bromeó mostrando su dentadura perfecta.- Siempre contratamos gente joven como vos. Gente que nos traiga frescura e ideas nuevas.

Tardé una semana en averiguar las edades de casi todos. Según mis cálculos, Johnny Ponce se incluía en el promedio con 39 años. Evidentemente se sacaba edad, teniendo en cuenta lo que me contó aquel primer día de trabajo.

-Cuando empezamos con PONCE/FE&E, en 1980, lo teníamos muy claro. Y hoy lo seguimos manteniendo. La publicidad es antes que nada belleza -decía Ponce.- Es lo único que no puede faltar en un aviso. Puede ser un comercial de humor, de emoción, de orgullo...pero siempre tiene que mostrarnos algo bello, algo que atraiga al público. Nadie quiere ver cosas feas. Hasta la tristeza es atractiva si se muestra con belleza. Y qué es lo más hermoso que existe? Un niño, un adolescente. Una niña, también. ¿Eh? ¿Entendés? Acordate siempre. Juventud, belleza.

Este principio de Johnny Ponce era aplicado dentro de la agencia. La mayoría de mis nuevos compañeros rondaban los 20 años, y parecían sacados de un Book de modelos. No es que fueran perfectos, pero todos irradiaban ese encanto de quien se siente admirado. Cada uno tenía algo que lo caracterizaba; quien no tenía lindos ojos ostentaba un físico trabajado o un vestuario de vanguardia. Los creativos optaban por destacarse a través del corte de pelo, quizás simbolizando su labor intelectual. Los ejecutivos de cuentas se cuidaban de no ponerse dos veces la misma ropa, en un esfuerzo por no lucir menos pudientes que los clientes. En otras áreas de la agencia podías encontrar los mejores culos o los mejores anteojos de sol. Los cadetes parecían sacados de Rápido y Furioso. Hasta los contadores tenían onda.

Pero la estrella indiscutida de aquel universo era Bettina, la secretaria de Ponce. El mérito de Bettina era que, teniendo todo para ser modelo de pasarela, había elegido el segundo plano de ser la asistente personal de un publicitario estrella. Hay que decir que todos los hombres de la agencia y algunas mujeres se sentían muy atraídos por ella, y se lo hacían saber todo el tiempo. Bettina les contestaba con horribles groserías dichas en voz baja. Nadie se daba por ofendido.

Yo no me dejé impresionar. Ante tal despliegue de glamour actuaba como si se tratara de algo normal. A lo sumo me despeinaba un poco en el espejo del ascensor, y cada día buscaba en mi ropero las camisetas más freak que tenía. Por supuesto nadie me decía nada, ni siquiera cuando fuí con la del reparto de garrafas. Sólo creí advertir un destello de envidia en los ojos del Director Creativo mientras me explicaba mi primer encargo.

Se trataba de una campaña para ForEver, una línea de cosméticos.

- La semana que viene tenemos que presentar un guión de televisión -me contó mientras jugaba al GTA en su laptop.- Tenemos bastante rubro, así que podés pensar con libertad. La única exigencia es mostrar bien toda la línea de productos ForEver. Hay cremas para el rostro, aceites corporales, tónicos, no sé, varias cosas más. Trabajalo y el viernes me mostrás qué tenés.

La oportunidad me entusiasmaba. Era un trabajo importante, para un laboratorio extranjero, y el comercial iba a salir en la tele de toda América Latina y el Caribe. Sólo extrañaba el trabajar con alguien más. En Eufemismo, la agencia donde estaba antes, siempre éramos dos o tres pensando juntos. Aquí estábamos solos, yo y mi computadora, en un cubículo. Así son las grandes agencias, deduje.

No es que me la creyera, seguramente el Director Creativo le había abierto la misma orden a otros creativos. Darme un brief tan importante era una forma de evaluarme, y tal vez de justificar su decisión de traerme a la empresa. Aunque yo tenía varios premios en concursos de jóvenes creativos, una cosa es el curriculum y otra el trabajo diario.

Mientras me servía un vaso de agua en la cocina, empecé a ordenar mis ideas. Tenía cinco días por delante. Si dedicaba un par de días a tirar ideas, el miércoles podía elegir las dos mejores y escribir los guiones para el jueves a última hora. El viernes de mañana me dedicaría a imprimirlos para presentarlos bien prolijos. Al llevarme el vaso a la boca, algo llamó mi atención. Sobre la mesada de la cocina había varios termos y en el escurridor de platos se secaban los correspondientes mates.

Me sorprendió que en un lugar tan cool se permitiera tomar mate. Aunque pensándolo bien, no era tan extraño. Hasta en Buenos Aires la gente anda tomando mate por la calle como si todos fueran uruguayos. Para mí era una excelente noticia. Las mejores ideas en mi vida de creativo se me habían ocurrido mientras tomaba mate.

Tres días y dos kilos de yerba más tarde sólo había alcanzado escribir uno de los guiones. No era una maravilla, pero algo es algo. Era preferible mejorar lo que tenía y no embarcarme en escribir el otro. Llamé al Director Creativo y le anuncié que al otro día estaría pronto para presentarle mi obra. Me contestó que ya tenía agendada una reunión con Johnny Ponce y conmigo el viernes de tarde. La suerte estaba echada. Más valía que la idea les gustara, si no mi pasaje por PONCE/FE&E iba a ser el más corto de la historia.

-Podés pasar -me sonrió Bettina desde su metro setenta y cinco.- ¡rompeles el orto, baby!

El Director Creativo estaba estirado a lo largo en el sofá Mies Van der Rohe, con los pies descalzos sobre la mesita de café, jugando con un Gameboy. De pie junto al bar, Johnny Ponce se servía agua de una jarra de cristal tallado.

- Ah, Alberto. Pasá, pasá. Estamos ansiosos por ver nuestro próximo León en Cannes - me invitó Ponce. A contraluz contra el aparador de bebidas, sólo se distinguían sus dientes blancos.

- Dale, contanos -dijo el Director Creativo sin dejar de jugar.- Yo te estoy prestando atención aunque no te mire. Multitasking.

- Este. Bueno, les cuento -comencé de una.- Yo partí de la base que todos los comerciales de productos cosméticos son iguales. Todos muestran mujeres hermosas que usan los productos y quedan más hermosas aún. Entonces se me ocurrió pensar ¿cuándo es más bella una mujer? ¿Cuál es el cosmético embellecedor más efectivo? La respuesta está en este comercial.

- Intrigante. Buen comienzo - dijo Ponce.

Envalentonado, les conté el comercial. Mi idea era mostrar un casting, o un concurso de belleza. Una situación un poco ambigua, en la que había un hombre sentado en una silla rodeado de asistentes, mientras desfilaban frente a él una mina impresionante atrás de otra. Se iban intercalando imágenes de esas mujeres en cámara lenta con otras mujeres detrás de bambalinas preparándose para salir, peinándose ante el espejo, poniéndose cremas, maquillaje y todo eso. El hombre, en penumbras, las iba descartando con mínimos gestos. Una secretaria tomaba nota en su PDA.

Entonces descubrimos una mujer evidentemente fea. Bueno, no fea, fea. Normal. En medio de aquellas modelos destaca como si la iluminara un seguidor. No se arregla, ni se mira al espejo. Camina confiada. Sale al ruedo y mira directamente a los ojos del hombre. Este no puede despegarse de esa mirada. Se siente llamado. Se levanta y brutalmente la abraza y la besa. Las demás mujeres reaccionan con miradas de sorpresa y odio. Entra el locutor en off: “La mujer más bella es la mujer amada. ForEver. Beauty products for loved women”.

Terminé mi cuento con un gesto de satisfacción y deposité suavemente el papel en la mesita. El Director Creativo no dijo nada y levantó la vista hacia Ponce. Ponce me miró, miró al Director Creativo y sin decir palabra tecleó algo en su celular. Alguien atendió del otro lado.

- Bettina. Por favor arreglá para que Alberto, el nuevo redactor, pueda venir mañana sábado y tal vez el domingo a trabajar... Si... Tiene que terminar un guión para que yo me lleve el lunes. Gracias.

Entonces me miró sonriendo.
- Está muy bien, pero creo que tenés que seguir puliéndolo un poco. El lunes de mañana nos volvemos a juntar.

El Director Creativo se levantó de un salto y agarrándome del brazo me arrastró fuera de la oficina de Ponce.

- Vení. Te tengo que explicar una cosa.

Parece que me había mandado una terrible metida de pata. En realidad ForEver no era un cliente más de la agencia. Era EL cliente. Se podía decir que la agencia existía para ForEver. Y lo segundo, me dijo que no había nadie más trabajando en aquel encargo. Que Ponce había insistido en que sólo yo, el joven creativo recién entrado, escribiera aquel guión.

Obviamente, el problema era la mujer fea. Todo lo demás estaba bien, pero no había ninguna posibilidad de poner una mujer fea en un comercial de PONCE/FE&E. Y menos para ForEver.

- No way - dijo el Director Creativo.
- Pero sin la mujer fea no funciona...- arriesgué una defensa.
- Perdiste una vida - dijo mirándome a los ojos con expresión de pena - too bad. Empezá de nuevo.

...

Cuando llegué a la agencia el sábado tempranito me sorprendí de ver el Mini GT de Bettina en la entrada de autos. Me había imaginado un día de soledad y concentración, sin embargo las cosas ya empezaban a descarrilarse.

- ¡Ay! chiquito. Me dio tanta lástima que tuvieras que venir el fin de semana que te vine a abrir.- me recibió Bettina a medida que sus piernas aparecían en la escalera, con ese color que sólo da el verdadero sol. Bajaba con paso de Top Model, dejando que la cadera hiciera todo el trabajo, casi sin mover el torso. Llevaba puesto algo que también dejaba los hombros y una pequeña parte del vientre a la vista. Sólo pude leer la palabra "semper" en el tatuaje que se perdía dentro de la mini de kilt.

- ¡Bettina!...hola. No sabía que ibas a venir.
- Hola pendejo - me saludó con un beso en la mejilla. - pensé que te podía ayudar un poco antes que empezaras a escribir un nuevo comercial.
- Bueno...gracias - no entendía a qué se refería. La mirada de Bettina se había vuelto dura, casi alarmada.
- Hay algunas cosas que tenés que saber - empezó a contarme mientras entrábamos a la cocina. - PONCE/FE&E significa Ponce ForEver&Ever. Johnny no sólo hace la publicidad de ForEver. Es el dueño.
- Ah.
- El creó la marca hace muchos años, en Miami. ForEver es diferente a las demás líneas de belleza, ¿sabés? Sus productos están basados en un descubrimiento científico único.

Mientras me hablaba, Bettina sacó de la heladera una jarra de cristal tallado y sirvió dos vasos. Me ofreció uno.

- Los productos ForEver no retrasan el envejecimiento de las células. Lo detienen.
- Claro, lo tengo en cuenta.

Mientras bebía, Bettina me miraba fijamente.

-Mirá, vos me caés simpático. Y no me gusta que pases mal por esto, recién entrado a la agencia. No le cuentes a nadie lo que te voy a decir. ¿OK?
- Este... no, claro. ¿A quién le voy a decir?
- ¿Oíste hablar alguna vez de la Fuente de la Juventud? ¿La que los españoles buscaban en la Florida?

No estaba seguro si Bettina me estaba tendiendo una trampa o si simplemente estaba jugando conmigo. Si pensaba que yo iba a creerle, o si ella realmente creía en lo que me estaba contando. El hecho es que me contó toda la leyenda. Aparentemente la Fuente de la Juventud original había sido destruída por el conquistador español que la descubrió en el siglo XVI. Sin embargo, sus propiedades se habían trasmitido al último recipiente que se había llenado en ella. De esta manera se conservó hasta hoy el poder de sus aguas de detener el avance del tiempo.

- Los productos ForEver contienen el Elixir de la Eterna Juventud. ¿Entendés? Por eso no tenés que tener miedo de prometer belleza en tu comercial. Todo lo que digas va a ser verdad.
-¡Bueno! Es una tranquilidad, ¿no? - intenté una respuesta vaga - Por fin un comercial que no va a mentir, ¿eh?

¿Habría podido evitar todo lo que pasó después si en ese momento hubiera pensado menos en mi problema personal y hubiera prestado más atención a las advertencias de Bettina? Viendo las cosas con la perspectiva del tiempo me doy cuenta de mi error. Tenía todos los elementos para deducir qué era lo que realmente sucedía en PONCE/FE&E. La prueba más evidente era el propio Johnny Ponce con su edad indefinida, resultado del uso prolongado de los productos ForEver.

Sin embargo no me di cuenta de nada. La presencia de Bettina, tan intensa, me perturbaba. No podía pensar claramente con ella delante. La dejé sola en la cocina y me fui a mi cubículo a intentar aprovechar lo que me quedaba de la mañana.

Entre la música y el mate logré crear un microclima libre de Bettina. Me asombraba la devoción que tenía la secretaria modelo por su jefe y por sus clientes, pero eso no hacía más fácil mi trabajo. Decidí que esta vez iba a ir a lo seguro. Basta de metalenguaje, directo a los viejos recursos. Tras un rato de meditar, encontré un par de metáforas que podían sacarme del problema. Una consistía en una mujer caminando por una ciudad deprimente y gris, poblada de caras serias. Cuando sacaba el frasco y se ponía perfume, la ciudad mutaba y se llenaba de erotismo, de hombres que la miraban, etc. La otra empezaba con una mujer desnuda saliendo del jacuzzi, y acercándose a un frasco de ForEver. Al rozarlo con los dedos, se materializaban de la nada su ropa, joyas, calzado, y todo eso. Casi sin detenerse, la mina salía a la calle producida como una diosa. De manual.

Estaba salvado. Pero antes de escribir los guiones, fui hasta la cocina a calentar agua para un nuevo mate. ¿Estará considerada la mateína una droga adictiva?, me preguntaba mientras tiraba la yerba usada. En ese caso yo ya era un caso para rehabilitación. Dos termos en una mañana. En mi mochila tenía un paquete de yerba con la que volví a llenar el mate.

Lo que no encontré por ningún lugar fue una caldera para calentar agua. ¿Cómo harían los demás?. Yo recordaba haber visto una caldera de diseño, de acero inoxidable o algo así, sobre las hornallas. Pero ahora no estaba. No había ni un hervidor de aluminio, nada. Busqué en los cajones de cubiertos y en las puertitas de arriba, teniendo mucho cuidado de no atraer a Bettina con el ruido. Desde el otro extremo del corredor llegaba hasta mí el sonido de su teclado.

Finalmente en el fondo de un cajón lleno de servilletas de tela apareció un SUN, un calentador para poner dentro del agua. Ya estaba llenando el termo cuando recordé algo que me detuvo alarmado. No podía poner un SUN en una botella de metal. Dicen que se produce un efecto eléctrico extraño que puede causar un incendio. Volví a abrir todas las puertas en busca de un recipiente de vidrio, o por lo menos de plástico. Nada, sólo vasos y copas.

Entonces vi en una bandeja sobre la mesada la jarra tallada de Johnny Ponce. Después de volver a revisar sin resultado toda la cocina, decidí usarla. Tuve la precaución de disponer sobre la fría mesada de granito negro una servilleta de tela doblada en cuatro. Tomé la jarra con cuidado y la empecé a llenar con el agua de la canilla.

Por una décima de segundo, sentí que la cabeza me daba vueltas. Enseguida se me pasó, pero me llamó la atención el silencio que reinaba en la oficina. Bettina había dejado de teclear.

La contractura de la nuca me está produciendo vértigo, reflexioné.

La jarra desbordaba de agua.

- ¿Cómo no me di cuenta? - pensé, mientras cerraba la canilla enérgicamente. Tenía la sensación de estarme despertando de un desmayo, casi como si hubiera ocurrido un salto, un error en el disco duro del tiempo.

Algo preocupado por mi estado mental, puse la jarra de cristal sobre la servilleta, metí dentro el SUN y lo enchufé. El agua empezó primero a vibrar suavemente y luego más y más fuerte. Una luz azulada comenzó a irradiar desde el centro. Algo estaba mal. Estiré la mano queriendo llegar al enchufe, cuando de golpe la jarra estalló en una bola incandescente.

Mientras volaba hacia atrás envuelto en miles de esquirlas de cristal, alcancé a escuchar un grito espantoso, inhumano.

En el momento que golpeé el piso con mi espalda vi que Bettina estaba de pie en la puerta de la cocina. Intenté levantarme, resbalando con el agua, los cristales y mi propia sangre. El grito seguía. Bettina estaba cayendo de rodillas, llevándose ambas manos a la cara.

Es curioso cómo en una situación de shock uno percibe detalles aislados. Nunca antes había mirado bien las manos de Bettina. Ahora las veía, como detenidas en medio del derrumbe de todo su cuerpo.

Eran unas manos espantosas, totalmente arrugadas, con la piel manchada y escamosa. Los finos huesos y tendones parecían estar al descubierto. Era como si hubiera desaparecido la sustancia que los mantenía unidos.

- ¡Bettina! - grité, sin hacer caso a las miles de señales de dolor que llegaban a mi cerebro - ¿qué te pasa?

- ¡La jarra! - un rostro que apenas pude reconocer como el de la secretaria me miró desde el centro de una nube de jirones de piel y carne.

- Destruiste la Fuente de la Juventud, imbécil - dijo con el último soplo de vida que salió de donde había estado la boca, antes de perder la cohesión y volverse un remolino de algo que parecía tierra seca.

...

Por suerte unos vecinos me encontraron tirado en la vereda. Había perdido mucha sangre, y tenía trozos de cristal clavados en todo el cuerpo. Dicen los médicos que en esas condiciones fue un milagro que sobreviviera.

Cuando los guardias de seguridad entraron a la agencia no supieron reconocer lo que quedaba de Bettina como restos humanos. Tampoco encontraron a nadie en el apartamento de Johnny Ponce. O quizás deba decir Juan Ponce de León, que ése era el nombre que usaba en 1513, cuando salió de Puerto Rico rumbo a la Florida.

Ahora estoy bien. Conseguí trabajo en otra agencia, donde puse como condición no trabajar para cosméticos.



Noviembre 2007.

viernes, marzo 30, 2007

Ingravidez.

–Mamá, creo que estoy embarazada– dijo Sabine.

Era el día antes de tomarme el avión a KSC.

–¿Cómo "creo"?– le pregunté. –¿No menstruaste la semana pasada?
–No. Y el mes pasado tampoco. Pensé que era por los exámenes...
–¡Dios mío, Sabine! ¡Qué locura! Voy a comprar un test– dije, descolgando de la pared las llaves del auto.
–Ya me hice un test. Y también le avisé a Khaleb. Lo quiero tener, Mamá.

Dediqué mi último día en casa a hablar con ella. No revisé tres veces mis valijas, como siempre antes de un viaje, ni dejé escrito el menú para cada día de la semana en la heladera. Le hablé del futuro, de su carrera, de las oportunidades y las oportunidades perdidas. Le conté cuando yo había quedado embarazada, aquellos primeros cinco años en la provincia, mi ingreso a la Agencia y la mudanza a París.

–Con tu padre decidimos esperar para tenerte hasta que yo alcanzara el grado de coronel– le expliqué. –Entre los exámenes y las horas de vuelo, no hubiera sido una buena madre.
–Pero yo no voy a dejar de estudiar...– se defendía Sabine. –A mí me criaste aunque estabas entrenando, y no quedé traumada.

Terminamos las dos dormidas en el sillón, abrazadas. De mañana temprano la tapé con el acolchado y le dejé un beso en la mejilla.

"No tomes ninguna decisión hasta que yo vuelva. Nos vemos en un mes. Te quiero, Mamá," le escribí en la pizarra de la heladera.



Mientras volaba sobre el Atlántico decidí que no hablaría del asunto con los consejeros. Sabía cuál sería su reacción. Me imaginaba las miradas de reojo de mis compañeros, su explicación seudopsicológica para cada uno de mis actos. Temía que me desasignaran de la Actividad Extravehicular. O peor, que directamente me dejaran fuera del vuelo.

Me había preparado años para esta misión. Cuerpo y mente. Todos mis conocimientos, hasta mis actos reflejos, amoldados a lo que debía hacer allá arriba. Estaba entrenada. Sabía cómo enfocarme en mi trabajo,sin dejar que mis pensamientos personales interfirieran. Nada había cambiado. Ya tendría tiempo al regreso para ocuparme de Sabine.

Saqué de mi bolso el manual de operaciones y me puse a repasar los procedimientos de ensamblaje. Cada paso descripto en detalle. Minuto a minuto, con todas las posibilidades y las alternativas:

"Alinear la guía con el objetivo. Insertar el conector intermedio en los puntos de anclaje. Verificar la correcta alineación".

Todo previsto, hasta los errores. Cada tres o cuatro líneas, la posibilidad de abortar el procedimiento y retornar al estado anterior. Ojalá la vida fuera así.

Apenas llegué a mi habitación en KSC llamé a Sabine. Parecía tranquila. Le dije que pensaba todo el tiempo en ella, y le repetí que se cuidara mucho.

–¡Te voy a estar vigilando desde arriba! –bromée.
–Hoy te ví en la tele– dijo risueña. –Con el mameluco naranja, parecés una presa.
–¿Cómo está Khaleb? –arriesgué.
–Se fue. Dejamos. El no quiere tener al bebé.



Los días pasaron rápido. Tuvimos algunos días de práctica en el simulador y nos dejaron visitar nuestro pájaro antes de llevarlo a la plataforma. Olía a plástico, como un auto nuevo.

Lo último que hice antes de embarcar fue escribirle un largo email a mi hija. Es una costumbre atávica, seguramente lo mismo hicieron Colón o Magallanes. No era una carta de adiós, más bien un manual de instrucciones para el resto de su vida en caso de que yo no volviera.

"La vida una larga carrera de postas", escribí. "Cada uno debe correr lo más rápido que pueda antes de pasarle el testigo a sus hijos. Lo que estoy por hacer y lo que he hecho en mi vida es para que tú puedas correr más rápido que yo. Y llegar más lejos".

Sabía que Sabine no podía entender que yo estuviera en contra de su embarazo. A su edad, una mujer todavía está controlada por las hormonas. El instinto de reproducción. Como si la humanidad necesitara más madres.

A partir de ese momento el trabajo me absorbió por completo. Pasé los días más intensos de mi vida. Sabía que formaba parte de un equipo de gente fuera de lo común. Con una dedicación religiosa a la misión. Un grupo de personas que dejaba de lado sus deseos individuales para brindarse a los otros, y a través de ellos, a toda la humanidad.

Para recordarlo sólo teníamos que mirar por las ventanillas. Allá afuera, como un enorme rostro, estaba la esfera azul y blanca, siempre cambiante y siempre idéntica. Nuestro hogar, nuestra Madre Tierra.



La preparación para la Actividad Extravehicular me hizo revivir el nacimiento de Sabine. Yo estaba allí, flotando, rodeada de personas ocupadas en vestirme, en colocarme electrodos en el pecho, en secarme la frente.

Finalmente, el casco, que me aisló del mundo, fue como la anestesia antes de la cesárea.

Entré en la compuerta y saludé con la mano mientras cerraban la escotilla. El compresor zumbó al bombear el aire. Por el audífono escuché el acento gangoso del comandante.

–Atmósfera cero, Grace. La escotilla exterior está destrabada. Puedes abrirla ahora.

Al abrir la puerta, esperaba ver el cielo negro. En cambio, una fuerte luz me cegó.

–Esto es nacer. –la idea se me presentó con su propia fuerza, desprendida de todo razonamiento.

Con ambas manos en la escalerilla, saqué la cabeza afuera. Frente a mí estaba el enorme círculo celeste en el negro. En su superficie, remolinos blancos giraban lentamente, arrojando sombra sobre el agua turquesa. Sin dejar de mirar hacia adelante, empujé suavemente el último peldaño. El metal se alejó de mis manos, de alrededor de mi cuerpo, de mis piernas. Ya estaba flotando en el espacio.


El comandante me estaba gritando algo.

–¡Grace! ¿Qué estás haciendo?
–¿Qué sucede, Bill? –reaccioné
–La maniobra, Grace. ¡Estás al revés!

Era cierto. Según el manual, la salida de la compuerta debe hacerse los pies primero. Me había dejado llevar por la belleza de la vista, y ahora flotaba con la cabeza hacia afuera.

–Debes regresar lentamente, Grace. Tira con cuidado del cable.
–¡El cable! –no lo había enganchado al exterior de la nave.

–Bill, estoy en problemas. No estoy amarrada.
–¡Mierda! ¿No enganchaste el cable? ¡Grace! ¿En qué estabas pensando?
–¡Bill! ¡Me estoy alejando!

Mi impulso inicial me estaba llevando cada vez más lejos. La escotilla era un círculo negro que disminuía de tamaño a mis pies. A su alrededor, el transbordador parecía cada vez más pequeño. Por las ventanillas en el techo de la cabina, podía ver los ojos y bocas abiertas de mis compañeros. El cable de seguridad se extendía como un rastro plateado. En su extremidad, el gancho flotaba suelto a medio metro de la escotilla.

Quizás si alguien se pusiera otro traje y saliera por la escotilla...pero eso llevaría un mínimo de quince minutos. Tiempo suficiente para alejarme varios cientos de metros.

–La escotilla– recordé. –Quedó abierta.
Con un extremo abierto, la compuerta era inútil. Imposible salir de la nave.

Traté de detenerme agitando los brazos, pero el resultado fue empezar a girar sobre mí misma descontroladamente. La nave y la Tierra, borrosas, pasaban frente a mis ojos una y otra vez. Sentí cómo el estómago se me apretaba en un ataque de náuseas.

–¡Grace! ¡No te muevas tanto! ¡Te estás enredando con el cable!

Era la voz del comandante. Me quedé inmóvil al oírlo. Después abrí los brazos lentamente. Con movimientos suaves fui frenando mi giro, y de a poco pude estabilizarme. Me acurruqué con las piernas flexionadas, y los brazos en el pecho. En esa posición intenté calmarme. Respiré hondo y despacio. Frente a mis ojos, el planeta parecía un cielo invertido.


Allí, suspendida a más de cien kilómetros de la superficie, me acordé de mi madre. Ella no había podido estar en el nacimiento de Sabine, le había faltado a ella tanto como a mí. Al despertar de la anestesia, cuando tuve a mi hija en brazos por primera vez, me había pasado lo mismo. Sólo podía pensar en mi madre.

En esa enorme pelota azul estaba su tumba. Un parque con robles.

Y también estaba Sabine. Quizás mirando al cielo, con mi nieta dentro suyo. Sabine, mi niña, que se iba a convertir en madre, y yo no iba a estar junto a ella. Mi nieta no iba a visitar nunca la tumba de su abuela.

En mis audífonos, la voz del comandante apenas se oía entre la estática. Me estaba alejando del radio de cobertura del intercomunicador. Consulté el medidor de oxígeno en mi antebrazo. Tres horas. Demasiado.

Girando la mirada lo más que podía hacia atrás alcancé a ver con el rabillo del ojo el triángulo blanco de la nave, fuera de mi alcance. Bajé el parasol dorado de mi casco, para no quedar ciega por el resplandor del sol. Quería poder ver lo que me esperaba. Sabía que la gravedad terrestre me iría arrastrando hasta caer, pero eso tardaría días. Antes moriría por falta de oxígeno.

¿Recuperarían mi cuerpo antes de que se convirtiera en una estrella fugaz? Pensé en dejarle un mensaje a Sabine. Busqué en el bolsillos de la manga la tableta y el lápiz.

"Querida Sabine:"

No sabía cómo seguir. ¿Qué podía decirle a mi hija? ¿Qué más necesitaba ya de mí?

Dibujé un círculo en la tableta. En mi mente ya no quedaban palabras.

Dibujé otro círculo dentro del primero. Otro. Círculos concéntricos. Decenas de ellos, un infinito de círculos dentro de círculos.

Había desconectado el intercomunicador para no escuchar la estática. Por eso no me di cuenta de la presencia del otro astronauta hasta que estuvo frente a mí, haciéndome gestos con sus manos. Encendí los audífonos.

–Vamos, Grace. Volvemos a casa.

Miré el reloj. Habían pasado más de dos horas.

Mi compañero enganchó su cordón en la argolla de mi pecho, y de un tirón, nos llevó de vuelta a la nave. El transbordador esperaba, inmóvil, a menos de cincuenta metros. En el costado de la nave se veía la escotilla de emergencia, abierta, esperándonos.

–Sabine– dije, cuando me sacaron el casco, ya en la cabina. –Mi hija. Va a ser madre.

jueves, marzo 23, 2006

Los Piqueteros y el Tren

Un grupo de ciudadanos de una pequeña ciudad decide agruparse tras una causa de bien público, de esas que afectan a toda la comunidad. Enseguida logran el apoyo de toda la localidad, pero al mismo tiempo se dan cuenta que para lograr sus objetivos necesitan alcanzar un público más amplio. Y eso se logra de una sola forma. Un evento mediático. No alcanza la justicia de la causa, para que la opinión pública a nivel nacional los ayude, tienen que aparecer en la tele.

La respuesta que reciben los sorprende. Al principio parece fácil, con poco esfuerzo logran un resultado que poco tiempo atrás parecía imposible. Las cosas comienzan a moverse, y eso los alienta más. Se suman nuevos militantes, lo que impulsa a todos a esfuerzarse aún más. El éxito es una realidad; ya está a la vista. Las cámaras de televisión llevan el evento a millones de personas en todo el país.

Pero algo sale mal. Una vez que la maquinaria se ha puesto en movimiento, parece tomar voluntad propia. Nadie puede pararla. La gente duda entre seguir adelante o ponerse a salvo. Pero ya es tarde. El daño está hecho.

¿Cómo pudo pasar esto? Si sólo queríamos el bien de todos.

lunes, diciembre 19, 2005

Esta es una historia real.

Le pasó a una pareja conocida. El trabaja en la construcción y ella es ama de casa. Cuando estaban de novios, ella quedó embarazada. El estaba convencido que no era suyo, y como es medio calentón la quiso dejar. Todos le decíamos que no se apurara, que lo pensara bien. Que ella no podía haberle sido infiel, porque era una chica excepcional, que no iba a encontrar otra tan buena.

Al final se arreglaron y se casaron. Pero cuando ella ya estaba para dar a luz tuvieron el problema que les quería contar. Parece que él estaba ilegal en el país, y para poder trabajar tenía que ir a hacerse sellar los papeles al Consulado más cercano. Un viaje de 24 horas en ómnibus. El quería ir y volver sólo, pero ella como siempre lo convenció, y al final se fueron los dos juntos. Era una locura, pero no querían separarse.

Bueno, parece que en el ómnibus se encontraron con varias personas que iban por lo mismo. Nadie quería arriesgarse a perder el trabajo. Ella aguantó el viaje bastante bien. Cuando llegaron fueron derecho al Consulado. Esperaban hacer el trámite y volverse esa misma noche, pero la cola daba la vuelta a la manzana. Los que estaban en los primeros lugares habían acampado varios días. Algunos los dejaron pasar, al ver la panza, pero los funcionarios eran tan lentos que pasó todo el día antes de que les llegara el turno. Cuando salieron del Consulado era medianoche. Al llegar de vuelta a la rodoviaria encontraron que el último ómnibus había partido hacía horas. No tuvieron más remedio que pasar la noche en los asientos de la sala de espera.

Y entonces empezaron las contracciones. El estaba desesperado. Eran las 3 de la madrugada. Todos los comercios estaban cerrados. No encontró nadie que les diera una mano. La ayudó a caminar hasta el baño y le refrescó la cara con agua. Ahí ella rompió la bolsa. Pusieron las camperas en el piso y mientras él le sostenía la cabeza, ella hizo todo el trabajo de parto. A las 6 llegó el primer turno de limpiadoras. Los encontraron abrazados en el piso del baño. El bebé dormía sobre el pecho de la madre. Una de las mujeres se animó a cortar el cordón y le hizo un nudito bien apretado.

Desayunaron en el primer bar que abrió, y se tomaron el ómnibus de vuelta. Era otra locura, pero querían estar de vuelta en su casa. El bebé sólo tomaba pecho y dormía. Llegaron muertos de cansancio, pero felices.

En realidad esto pasó hace bastante tiempo, pero los que los conocemos no nos cansamos de contar la historia. Ellos dicen que fue un milagro, pero ¿no lo son todos los nacimientos?

martes, noviembre 15, 2005

Cuarenta y uno

Hoy cumplo 41 años.
El texto que ven abajo lo escribí hace un año. Espero que les sirva tanto a los que todavía no llegaron como a los que ya pasaron la cifra fatídica.

La Crisis de los Cuarenta

El cuarenta es un número importante. Un número grande.

Uno de los primeros en darse cuenta fue Alí Babá, cuando los ladrones lo sorprendieron dentro de la cueva del tesoro.

Para el narrador de las Mil y Una Noches, decir cuarenta era como decir mucha gente.

Pero ésta no es la primera vez que la cifra aparece en la historia. Cuarenta días duró el diluvio de Noé. Cuarenta días estuvo Moisés en el Monte Sinaí escribiendo los mandamientos. La misma cantidad de años duró el Exodo del pueblo israelita a través del desierto, y el mismo Jesús estuvo cuarenta días en el desierto, aquella vez que se le apareció el vecino de abajo.

Parece que el 40 debe su importancia a que es el resultado de multiplicar dos números sagrados: el 4, que son las esquinas de la Tierra, símbolo de la solidez y el orden del mundo, y el 10, que es la totalidad, el punto de partida y de reinicio de las cosas.

Pitágoras, quien después de descubrir su Teorema quedó obsesionado con el número 4, llegó a la siguiente comprobación:

1+2+3+4=10

Esta fórmula, llamada tetraktys en griego, encierra una explicación geométrica del universo. Uno es el punto, dos la distancia entre dos puntos, tres el plano y cuatro el espacio. La suma, diez es la totalidad. Redondito. O mejor dicho, cuadradito.

En siglos pasados, cuando llegaba a Montevideo un barco cargado de inmigrantes, lo obligaban a permanecer en cuarentena en la Isla de Flores. La ciencia médica consideraba que si no se manifestaba ninguna enfermedad a los cuarenta días, entonces la persona estaba sana. Sin duda el prestigio de la cifra contribuía a la tranquilidad de la ciudadanía tanto o más que la confianza en los médicos. Cuarenta días. ¡Mucho tiempo! Más que los femeninos 28 días, por lo menos. Por algo los embarazos duran 39 semanas. No se atreven a llegar a las cuarenta.

Cuarenta Semanas. Un nombre que impone respeto. ¿Por qué le habrán puesto ese nombre al complejo de viviendas de triste fama? ¿Será el tiempo que tardó en parir el préstamo del Banco?

Llegar a los cuarenta es sin duda todo un mérito. Algo difícil de lograr, una verdadera prueba. Quien llegue puede considerarse afortunado. Y también satisfecho. Ha terminado de atravesar el desierto, ha salido del útero, sobrevivido al diluvio, confirmado que está sano.

Ha alcanzado la solidez, vencido las tentaciones, escapado de los ladrones. Si tuvo suerte, se quedó además con el tesoro y con la Princesa.

Por eso, hoy que cumplo cuarenta años, considero que tengo muchas razones para festejar. Es un buen día.

Lo difícil van a ser los cuarenta y uno.


(escrito el 15 de noviembre de 2004)